Cuadrar las cuentas

                                               

Hace un año en los inicios de 2020 ya no cuadraban las cuentas, el desbarajuste viene de atrás de la crisis de 2008. Actualmente, pandemia mediante, entramos en una crisis económica que es la consecuencia de no relacionarnos. Y es que esto de no interactuar a la economía no le viene nada bien. La prosperidad proviene de nuestra colaboración en la búsqueda de nuestros intereses individuales y colectivos, pero con el Covid 19 campando a sus anchas por todo el planeta, las búsquedas han quedado reducidas a las búsquedas a través  internet. Y las cosas de comer así no funcionan igual de bien ¿verdad? Si uno no se mueve, ni gasta, ni malgasta y como mucho ahorra. Lo de invertir… con más precaución si cabe. Algunos incluso, los más humildes, si no se mueven no cobran ni en negro. Es lo que tiene que la humanidad se mueva menos en general, que hay quien se queda parado.

La situación sanitaria y económica, es la que es, y tirios y troyanos van todos al día, al remiendo, a salvar la situación para no perder votos. Eso sí con nuestro dinero, con los voluntarios… con los impuestos quería decir. Esos que en ocasiones pagamos casi sin darnos cuenta, mientras que otras veces cuando la cantidad es grande, nos tentamos la ropa mientras pensamos incrédulos en la cifra. Al menos a mí es lo que me ocurre, pienso ¿y le van a cobrar eso a mi amiga Merche por comprar un pisito en Vitoria? ¡¡Qué barbaridad!! ¡¡Hay que hacer cuentas!!

Cojo papel y lápiz. El PIB de España en 2019 fue de 1.244.772 millones de euros. Ese mismo año el gasto público fue de 523.441 millones de euros el 42,1% del PIB.  Así que de capitalismo salvaje nada de nada, casi la mitad de la economía está intervenida. Por suerte, con los años, ha ido creciendo mucho nuestra productividad, pero paulatinamente también nuestro gasto público. En el año 2000 la administración pública se gastó 253.353 millones de euros por ejemplo ¡¡A día de hoy nos estamos gastando bastante más del doble de dinero!! ¡¡Más del doble!! Claro que si el país es más productivo se puede gastar más, pero también se puede ahorrar, invertir y hasta algunos pueden dejar de robar o robar menos.  No se trata de gastar por gastar, de dedicar cada vez más dinero en las diferentes partidas de los presupuestos, de aumentar tantos por ciento, siguiendo la vereda de los países ricos de nuestro entorno ¿O sí? ¿O se trata precisamente de eso?

El relato oficial nos reafirma en las bondades de pagar impuestos porque hay que costear servicios indispensables para nuestra vida. No sea usted pícaro porque Hacienda somos todos. No faltan los amigos que al calor de una botella de ribera, nos recuerdan la necesidad de las becas de estudio para los hijos de los pobres, la promoción de la cultura en la sociedad y un largo etcétera. Muchas conversaciones informales y también conferencias y congresos, acaban diciendo que la solución  mágica es la educación. La formación y la educación de las nuevas generaciones, en valores y conocimientos más acordes con los tiempos. Pues bien, en educación, España se gastó en 2019 un 10% del total de los presupuestos. No es mucho dedicar teniendo en cuenta que es uno de los argumentos más utilizado en favor del estado del bienestar. Sindicatos, gremios y partidos de todo tipo, defienden a capa y espada la educación pública casi como una cuestión de identidad dejando a un lado la eficiencia. Pues en el gasto supone solamente un 10%.

Identidad sí. Que nuestro vicepresidente del gobierno y todos los que repiten sus argumentos, dicen que ser patriota es defender la sanidad pública. Antes que a él ya le escuché decir a otros, que había que estar orgulloso de nuestra sanidad y huir de modelos diferentes por su falta de humanidad. Cojo nuevamente el lápiz y mi libreta de cuentas, la libreta de versos patrióticos y orgullo la tengo en el comedor. En sanidad el estado se gastó un 15% del total en 2019. Si ya normalmente la sanidad pública es el comodín para defender los impuestos, en los tiempos duros del confinamiento total en 2020 fue algo casi místico. Mientras nos dicen que los héroes modernos son los sanitarios, que el problema son los recortes, la gestión en manos privadas y que hay que pagar más impuestos para sufragarla. Los hechos son que destina un 15% a la  sanidad pública y que Carmen Calvo, vicepresidente del gobierno, fue atendida en la privada, tras infectarse del Covid 19.

Pero no todo son mantras a favor de pagar impuestos. La narración del por qué hay que pagarlos es por todos conocida, la igualdad de oportunidades en un estado del bienestar que no deja a nadie atrás y todo eso. Pero hay argumentos antisistema que funcionan muy bien cuando uno quiere eludir un pago. Un ejemplo… no necesitamos un ejército, y o también, que no se fabriquen bombas con mis impuestos. Sentencias así de cándidas. Pues bien en 2019, en relación como anteriormente con el gasto total, nos gastamos en defensa el 2,9%.  Lo importante,  no es la cantidad que se destine ni el tanto por cien. Si no que la defensa sea eficiente ya adecuada. También es importante que no nos avasallen con demagogia, que el tanto por cien que se ha destinado a los asuntos de la milicia, siempre con relación al gasto insisto, no ha hecho otra cosa que bajar en los últimos 50 años.

Como las cuentas no cuadran y no tenemos la impresora de billetes hay que pedir dinero fuera. El dato que le interesa a todo aquel que contrae una deuda es ¿y esto a mi cuanto me va a costar? ¡Dedicamos el 9% al pago de los intereses de la deuda pública! ¡¡El 9% sólo a los intereses de la deuda!! Es casi lo que nos gastamos en educación, el triple de lo que nos gastamos en defensa, daría para muchos ambulatorios de pueblo y vacunas ¡eh!  Actualmente, la deuda pública española ha alcanzado la friolera de 1,31 billones de euros, El 117% del PIB. Bastante más de lo que producimos en un año en bruto. Los intereses los pagamos los españolitos, cada uno lo que le toque. Mientras que el grueso de la deuda lo refinanciamos. Como cuando algún desnortado paga las deudas de una tarjeta de crédito sacando dinero con otra tarjeta de crédito, volvemos a pedir dinero y a amortizar intereses. El cambalache peligra cuando debes mucho dinero o cuando el interés es muy alto. Estamos en lo primero gracias a que la Unión Europea ha roto la baraja y deja a todo el mundo endeudarse sin el antiguo límite. Tenemos la mayor deuda pública desde  que en 1902 afloraran las consecuencias de la guerra de Cuba.

Pero entonces ¿Dónde nos gastamos el dinero? El que haya cogido lápiz y papel llevará una suma de un 37% más o menos del gasto público. Es bastante pero hasta el 100% falta. Los amigos del orden y la ley se acordarán del desembolso en el orden público y la seguridad pero ahí nos gastamos un 1,4%. De igual modo, los cofrades del estado del bienestar se acordaran de los parados. Pero a los subsidios de desempleo destinamos un 4,8% del gasto.

Si ha cogido el lápiz déjelo en el bote, cierre el cuaderno de notas de tenerlo abierto y escuche el redoble de tambores. España se gasta un 39,32% en pensiones. El estado recauda cuantiosos impuestos y encima pide dinero fuera, bien, pues de todo ese parné, que son muchos cuartos, destina a las cuentas corrientes de los 9 millones de españolitos que cobran una pensión, el 39,32 de la guita y subiendo. Como en las estafas piramidales, pagan a los que entraron primero y están arriba, con el dinero de los que vinieron después y están abajo. El riesgo es que se invierta la pirámide, porque entonces ya podemos cuadrar las cuentas bien para que cada pensionista cobre lo que le prometieron. Estamos a las puertas de dedicar la mitad del gasto público ¡¡¡el 50% en pensiones!!!

Desde 1980 hasta hoy, el gasto público en España no ha parado de crecer. En éstos cuarenta años solamente hay tres excepciones que confirman la regla: 2013 con sus 6,2 millones de parados, 2014 y 2016. Y como he explicado pormenorizadamente no todo va a velar por nosotros, a nuestra educación, sanidad y seguridad nacional y vital. No todo es una inversión que repercute en la sociedad. Tenemos un gasto excesivo y un sistema de pensiones, mal planteado de inicio, al que cada vez hay que meter más dinero. El lector informado recordará que hace poco el gobierno subió el sueldo a los pensionistas, también que el gobierno se subió el sueldo a sí mismo. Si echa la vista atrás, recordará además los conflictos laborales de los controladores aéreos y los estibadores portuarios. Se sigue dedicando mucho dinero a las televisiones públicas e incluso se dan ayudas a las televisiones privadas. La compra de votos, de voluntades y de silencios.

En nuestra sociedad convergen dos realidades. El relato público de que pagar impuestos es bueno y necesario, repetido en las tertulias políticas y entrevistas a famosos hasta la saciedad. Nosotros mismos, amigo lector, repetimos el relato en las cenas formales y con gente con la que no tenemos mucha confianza. Pero cuando se estrecha el círculo y se amplía el vínculo personal, no seamos hipócritas, el relato deja paso al hecho privado de que se pagan los menos impuestos que se puede y se perdona la picaresca en la complicidad propia de la cercanía. Así que menos cuentos, que todos queremos pagar menos y tener algo más de dinero en la cartera para decidir por nosotros mismos donde gastarlo. No nos tenemos que dejar embaucar por los relatos de las bondades impositivas para sufragar la sanidad y la educación porque eso sólo es un 25% del gasto. Por el contrario, sí que tenemos que exigirles a los gestores de nuestras pensiones que nos cuenten, hilando muy fino, cómo van a hacer para cuadrar las cuentas.

El 14 F y las elecciones de nunca acabar

Hace años que en Cataluña se está votando cada dos por tres, los que llevamos de procés vaya. Y como es sabido es imposible opinar sobre las relaciones de algunos ciudadanos de Cataluña con el resto de los españolitos, de una forma desapasionada y objetiva. Pero digo yo, que en estos tiempos de pandemia me puedo permitir la licencia de poner algunos puntos sobre las íes. Ya que no puedo ir al bar a almorzar, ni salir de casa sin hacer memoria de qué es lo que está permitido y lo que no. La escena es familiar para todos ¿verdad? ¿Hace cuánto que no me cambio de mascarilla? ¿En qué municipio queda el Mercadona de la segunda rotonda? ¿A qué hora salgo el viernes de trabajar? y esas cosas del confinamiento. Algunos dicen que en Portugal hubo elecciones y que aquí en casa seguimos cogiendo el metro y el autobús. Pero no veo yo la prisa de celebrar unas elecciones autonómicas, cuando ya hemos visto los malos resultados que surgen de no tomarse la pandemia en serio y de levantar la mano a la primera de cambio.

Y ya si me pongo a pensar un poco más, hasta pienso en los ancianos fallecidos. Esos que después de una vida de trabajo desde su más tierna edad,  y de ellas haber parido y criado a muchos hijos… esos que no han hecho otra cosa que pagar impuestos. Nuestros abuelos vamos, los de las residencias, centros de día y la casa vieja del pueblo. Esos son los que han muerto a patadas. Los que han costeado la sociedad en la que vivimos sin pisar la consulta de un psicólogo ni una vez en su vida, ni epidural, ni objeción de conciencia, ni paz. Porque ellos vivieron una guerra de las de verdad. Pienso en que han muerto decenas de miles de ancianos y lo que no son ancianos. Y no todos estaban muy delicados de salud o bien son muertes que no se podían evitar. Pero lo asumimos con una naturalidad que sonroja. Y con todo éste panorama se montan unas elecciones autonómicas en Cataluña. Que digo yo que las podrían aplazar unos meses o unas semanas al menos, para cuando se acabe el invierno y llegue el primaveral y benigno mayo. Pero no. Se harán las elecciones en plena cresta de la tercera ola de pandemia con infectados, aislados y muertos a cascoporro. Pudiendo votar los infectados por Covid 19 mientras en los hospitales, a falta de aplausos del respetable, se siguen dedicando a hacer lo que pueden con los enfermos más que a poner vacunas.

Serán las elecciones el 14 de febrero ¡Qué insistencia con las fechas señaladas! ¡qué fijación con lo épico! Será hasta romántico caminar el 14 de febrero al colegio del barrio con la parienta de la mano, y no sabiendo el personal si lo que hace es de buen ciudadano o todo lo contrario. Aquí el caso es que no se le impida ni prohíba votar a nadie ¡votar NO es ilegal! Claro, claro, votar no es ilegal pero hay matices. Votar el delegado de clase en el instituto no es ilegal y tampoco lo es votar películas en un festival de cine.  Pero para que la votación tenga algún efecto, hace falta que su resultado pueda llevarse a cabo. Podemos votar por ejemplo que siempre sea verano, pero eso choca con la realidad que es que la tierra gira alrededor del sol dando lugar a las estaciones de año y eso no se puede cambiar. La ley sí que se puede cambiar. Pero es tremendamente práctico que todos cumplamos la ley a la hora de votar y sobre todo después de votar. El mejor momento para demostrar que uno es gent de pau es después de votar cuando ha perdido su opción política. Esto a los independentistas no les gusta nada. Entienden que los votos están por encima de las leyes que enmarcan la votación. Mantienen esa idea tan populista de que el resultado de una votación puede dinamitar por los aires todo el marco que la hace posible. No les voy a negar que según las circunstancias esto ha pasado y podría volver a pasar, pero ésta idea choca frontalmente con dos conceptos. El primero es el de legitimidad, que dicho de una forma sencilla no es otra cosa que la obediencia de los españolitos a los que les mandan.  Es la asunción popular de que los que nos representan han llegado a ser  y son nuestros representantes de forma justa. El segundo concepto en el que naufraga el relato independentista del derecho a decidir, es la legalidad vigente. La ley es la que es y la conocemos todos: la autonómica, la nacional y la internacional y dice que no hay cabida para un referéndum vinculante.

Y es que Cataluña no ha sido independiente, ni conquistada, ni es una colonia sino más bien todo lo contrario. Además el procés choca con la realidad del devenir de las cosas. Vamos que no la quiere una mayoría a ninguna de las dos riberas del Ebro, ni los independentistas cuentan con la fuerza como para imponerla por la vía de los hechos. De hecho, la mayor demostración de fuerza por parte del independentismo fue en los sucesos de Barcelona en octubre de 2019. Fueron unas manifestaciones durísimas, pero en ningún momento pusieron en jaque al Estado. Por lo demás fueron una reacción a la sentencia que encarceló a los líderes secesionistas. Los disturbios fueron la respuesta a una frustración y no una demostración de fuerza. No podían conducir a nada que no fuera ser una válvula de escape a todo aquello que se le prometió a la gente y acabó en nada. Por último, la ausencia de apoyos internacionales, que es la asignatura pendiente del secesionismo y la mejor baza que jugó en su momento el gobierno.       

Damas y caballeros; independentistas y constitucionalistas no nos vamos a poner de acuerdo en la vida porque de lo que se trata aquí es de determinar ¿cuál es el sujeto político? y ¿cuál es el territorio al que ese sujeto político está adscrito? Ninguna parte reconoce a la otra como un sujeto político legítimo. Los constitucionalistas porque entienden, entre otras cosas, que los independentistas hacen una lectura de los hechos históricos parcial e interesada cuando se conciben como nación política. Y los independentistas, porque no reconocen a los constitucionalistas como demócratas, ni reconocen a España como nación política, como un sujeto político. Para un independentista, España es una monarquía que colonizó pueblos vecinos en su día y que ha mantenido hasta hoy la dictadura franquista cerrada en falso. Vamos el relato de que España no es una democracia de las de verdad de la buena.

Y es que como sabemos todos, los lectores y escuchantes más airados se acercan al conocimiento con un subrayador en la mano. Y cada acontecimiento histórico o dato que interese es una piedra para tirársela al contrario. Por mi parte, a unos días de éste San Valentín electoral,  para acabar voy a decir una cosa. A día de hoy, Cataluña ya no es un edén al que ir a vivir para prosperar como lo fue en las décadas de los cincuenta y de los sesenta. Los españolitos de antaño se movían de las España pobre a la rica, desertando del arado y abrazando la jugosa nomina a final de mes. Muy a menudo en condiciones pésimas y porque en su tierra natal no tenían más que lo puesto. Tampoco es la ciudad condal la Barcelona de los setenta. Ese europeo oasis de frescura y libertad, mientras Franco estaba en las últimas, donde daba igual en qué idioma cantabas o escribías, o si pintabas a la maja desnuda o vestida. Por lo menos en los ochenta te podías colocar en la administración pública, y en los noventa las olimpiadas y todo eso. Pero hoy nuestra perla del Mediterráneo es una región de sueldos bajos e impuestos altos, a la que ricos y pobres se piensan mucho el hacer una mudanza. Pero por votaciones no será.