El 14 F y las elecciones de nunca acabar

Hace años que en Cataluña se está votando cada dos por tres, los que llevamos de procés vaya. Y como es sabido es imposible opinar sobre las relaciones de algunos ciudadanos de Cataluña con el resto de los españolitos, de una forma desapasionada y objetiva. Pero digo yo, que en estos tiempos de pandemia me puedo permitir la licencia de poner algunos puntos sobre las íes. Ya que no puedo ir al bar a almorzar, ni salir de casa sin hacer memoria de qué es lo que está permitido y lo que no. La escena es familiar para todos ¿verdad? ¿Hace cuánto que no me cambio de mascarilla? ¿En qué municipio queda el Mercadona de la segunda rotonda? ¿A qué hora salgo el viernes de trabajar? y esas cosas del confinamiento. Algunos dicen que en Portugal hubo elecciones y que aquí en casa seguimos cogiendo el metro y el autobús. Pero no veo yo la prisa de celebrar unas elecciones autonómicas, cuando ya hemos visto los malos resultados que surgen de no tomarse la pandemia en serio y de levantar la mano a la primera de cambio.

Y ya si me pongo a pensar un poco más, hasta pienso en los ancianos fallecidos. Esos que después de una vida de trabajo desde su más tierna edad,  y de ellas haber parido y criado a muchos hijos… esos que no han hecho otra cosa que pagar impuestos. Nuestros abuelos vamos, los de las residencias, centros de día y la casa vieja del pueblo. Esos son los que han muerto a patadas. Los que han costeado la sociedad en la que vivimos sin pisar la consulta de un psicólogo ni una vez en su vida, ni epidural, ni objeción de conciencia, ni paz. Porque ellos vivieron una guerra de las de verdad. Pienso en que han muerto decenas de miles de ancianos y lo que no son ancianos. Y no todos estaban muy delicados de salud o bien son muertes que no se podían evitar. Pero lo asumimos con una naturalidad que sonroja. Y con todo éste panorama se montan unas elecciones autonómicas en Cataluña. Que digo yo que las podrían aplazar unos meses o unas semanas al menos, para cuando se acabe el invierno y llegue el primaveral y benigno mayo. Pero no. Se harán las elecciones en plena cresta de la tercera ola de pandemia con infectados, aislados y muertos a cascoporro. Pudiendo votar los infectados por Covid 19 mientras en los hospitales, a falta de aplausos del respetable, se siguen dedicando a hacer lo que pueden con los enfermos más que a poner vacunas.

Serán las elecciones el 14 de febrero ¡Qué insistencia con las fechas señaladas! ¡qué fijación con lo épico! Será hasta romántico caminar el 14 de febrero al colegio del barrio con la parienta de la mano, y no sabiendo el personal si lo que hace es de buen ciudadano o todo lo contrario. Aquí el caso es que no se le impida ni prohíba votar a nadie ¡votar NO es ilegal! Claro, claro, votar no es ilegal pero hay matices. Votar el delegado de clase en el instituto no es ilegal y tampoco lo es votar películas en un festival de cine.  Pero para que la votación tenga algún efecto, hace falta que su resultado pueda llevarse a cabo. Podemos votar por ejemplo que siempre sea verano, pero eso choca con la realidad que es que la tierra gira alrededor del sol dando lugar a las estaciones de año y eso no se puede cambiar. La ley sí que se puede cambiar. Pero es tremendamente práctico que todos cumplamos la ley a la hora de votar y sobre todo después de votar. El mejor momento para demostrar que uno es gent de pau es después de votar cuando ha perdido su opción política. Esto a los independentistas no les gusta nada. Entienden que los votos están por encima de las leyes que enmarcan la votación. Mantienen esa idea tan populista de que el resultado de una votación puede dinamitar por los aires todo el marco que la hace posible. No les voy a negar que según las circunstancias esto ha pasado y podría volver a pasar, pero ésta idea choca frontalmente con dos conceptos. El primero es el de legitimidad, que dicho de una forma sencilla no es otra cosa que la obediencia de los españolitos a los que les mandan.  Es la asunción popular de que los que nos representan han llegado a ser  y son nuestros representantes de forma justa. El segundo concepto en el que naufraga el relato independentista del derecho a decidir, es la legalidad vigente. La ley es la que es y la conocemos todos: la autonómica, la nacional y la internacional y dice que no hay cabida para un referéndum vinculante.

Y es que Cataluña no ha sido independiente, ni conquistada, ni es una colonia sino más bien todo lo contrario. Además el procés choca con la realidad del devenir de las cosas. Vamos que no la quiere una mayoría a ninguna de las dos riberas del Ebro, ni los independentistas cuentan con la fuerza como para imponerla por la vía de los hechos. De hecho, la mayor demostración de fuerza por parte del independentismo fue en los sucesos de Barcelona en octubre de 2019. Fueron unas manifestaciones durísimas, pero en ningún momento pusieron en jaque al Estado. Por lo demás fueron una reacción a la sentencia que encarceló a los líderes secesionistas. Los disturbios fueron la respuesta a una frustración y no una demostración de fuerza. No podían conducir a nada que no fuera ser una válvula de escape a todo aquello que se le prometió a la gente y acabó en nada. Por último, la ausencia de apoyos internacionales, que es la asignatura pendiente del secesionismo y la mejor baza que jugó en su momento el gobierno.       

Damas y caballeros; independentistas y constitucionalistas no nos vamos a poner de acuerdo en la vida porque de lo que se trata aquí es de determinar ¿cuál es el sujeto político? y ¿cuál es el territorio al que ese sujeto político está adscrito? Ninguna parte reconoce a la otra como un sujeto político legítimo. Los constitucionalistas porque entienden, entre otras cosas, que los independentistas hacen una lectura de los hechos históricos parcial e interesada cuando se conciben como nación política. Y los independentistas, porque no reconocen a los constitucionalistas como demócratas, ni reconocen a España como nación política, como un sujeto político. Para un independentista, España es una monarquía que colonizó pueblos vecinos en su día y que ha mantenido hasta hoy la dictadura franquista cerrada en falso. Vamos el relato de que España no es una democracia de las de verdad de la buena.

Y es que como sabemos todos, los lectores y escuchantes más airados se acercan al conocimiento con un subrayador en la mano. Y cada acontecimiento histórico o dato que interese es una piedra para tirársela al contrario. Por mi parte, a unos días de éste San Valentín electoral,  para acabar voy a decir una cosa. A día de hoy, Cataluña ya no es un edén al que ir a vivir para prosperar como lo fue en las décadas de los cincuenta y de los sesenta. Los españolitos de antaño se movían de las España pobre a la rica, desertando del arado y abrazando la jugosa nomina a final de mes. Muy a menudo en condiciones pésimas y porque en su tierra natal no tenían más que lo puesto. Tampoco es la ciudad condal la Barcelona de los setenta. Ese europeo oasis de frescura y libertad, mientras Franco estaba en las últimas, donde daba igual en qué idioma cantabas o escribías, o si pintabas a la maja desnuda o vestida. Por lo menos en los ochenta te podías colocar en la administración pública, y en los noventa las olimpiadas y todo eso. Pero hoy nuestra perla del Mediterráneo es una región de sueldos bajos e impuestos altos, a la que ricos y pobres se piensan mucho el hacer una mudanza. Pero por votaciones no será.

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